Vie07212017

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El Gurú: tecnología y pensamiento (2)

guruSin tacto

Por Sergio González Levet

El Gurú: tecnología y pensamiento (2)

—Te viste muy eficaz ayer, porque fuiste alimentando mi entusiasmo y ya me estabas haciendo caer en los oscuros senderos del pensamiento místico. Confieso que terminé por decir que "los celulares son mi karma", cuando sabes que no creo en esas patrañas —el maestro me recibió con esas frases a manera de saludo—, y en las prisas hasta se me olvidó pagar el libro de Bakunin que me llevé ayer, pero en este momento acabo de cumplir mi deber de lector honesto, antes de que tú llegaras a la librería.
—No cree en el karma... —respondí entre preguntando y afirmando.
—Claro que no, ni en la reencarnación. Mi preparación como un científico humanista me lleva a ser objetivo, a creer en lo que existe, en lo que podemos ver y mensurar, y explicar racionalmente. No obstante, respeto a quienes tienen esas creencias, del mismo modo que exijo que respeten las mías (o mi falta de ellas, porque de creer, más bien no creo en nada). Aunque tengamos tantos ejemplos en contra, tantas muestras de hasta dónde puede llegar la maldad de ciertos individuos, yo tengo fe en el hombre, en sus acciones, en su bondad intrínseca. Y creo en la fuerza del pensamiento...
En ese momento sonó el celular del maestro, se le quedó viendo fijamente unos momentos y decidió tomar la llamada. Escuchó, dijo sí y no algunas veces como respuesta, y colgó... o más bien, terminó la llamada, porque "colgar el teléfono" era algo que se podía hacer cuando el auricular pendía de un aparato empotrado en la pared.
—¿Ves lo que te digo qué pasa con el celular? La llamada que tomé interrumpió mi línea de pensamiento y la sabrosa conversación que estábamos iniciando —me explicó, visiblemente molesto por la interrupción de que había sido objeto— ¡Y me llamaron para tratar ofrecerme en promoción una nueva línea telefónica! Como si no tuviera de más con la que padezco y debo pagar cada mes. Por eso trato de mantenerme alejado de la tecnología. Casi todas las comunicaciones que establecemos por la vía de los aparatos son basura: recibes memes, chistes prefabricados, conversaciones insulsas de personas desocupadas, promociones y anuncios engañosos, videos mal hechos, oraciones y buenos deseos totalmente innecesarios, composiciones cursis que te desean lo mejor de todo en la vida, consejos inapropiados... y encima está la amenaza permanente de ser objeto de un fraude cibernético o de un acoso telefónico o informático.
En ese momento, yo ya tenía ganas de aventar mi celular al bote de la basura, contagiado de las aprensiones del pensador. Hasta empecé a pensar en dar de baja la tablet que traía en mi portafolios, pero la plática del Gurú dio un vuelco.
—Y sin embargo... se mueve. Es cierto lo de la invasión de los imbéciles, es real que se desaprovecha en futilidades el 90 por ciento de lo que podría utilizarse de las redes ... pero ¡qué maravilloso es el 10 por ciento restante! Tenemos en la mano y en un celular todo el conocimiento humano a nuestro alcance. Las tablets son una ventana al universo. Las computadoras nos permiten multiplicar geométricamente las posibilidades de nuestro trabajo, en el área que sea. Nunca como antes -y ya imagino cómo será en el futuro cercano- el hombre había tenido tal acceso a la información y a la comunicación con sus semejantes.
El maestro volteó, pidió la cuenta, hizo la pausa y exclamó como despedida:
—Es cierto que los aparatos tecnológicos son una molestia, que no nos dejan conversar, que nos quitan espacio y oportunidades para la reflexión, pero qué maravilla que podamos usarlos y aprovecharlos convenientemente.

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El Gurú: manifestaciones y vandalismo

sglevetSergio González Levet

Llevábamos ya una hora parados frente a la pantalla de 70 pulgadas.

Una chulada: con cuatro veces más resolución que una full HD, preparada para HDR, un escalador a 4K y Motion Rate de 120 mhz. Obvio, era una Smart TV con acceso ilimitado a Internet y rendimiento mejorado. La pantalla venía con retroiluminación LED, ahorro de energía, y tenía dos entradas USB y tres puertos HMDI.

Era de color negro y ultra delgada.

El maestro había dedicado la primera media hora en admirarla, alabar sus características, sorprenderse con los avances tecnológicos que traía y gozar anticipadamente en la imaginación los servicios de entretenimiento, formación e información que gozaría a través de tal maravilla construida por la ciencia humana.

El precio del producto era alto, muy alto, rondaba los 30 mil pesos y yo sabía que el Gurú andaba en una temporada de vacas ya no flacas sino famélicas, al igual que la mayoría de los mexicanos y el total de los veracruzanos, que sufríamos además de los embates de la crisis la terrible herencia del saqueo inmisericorde que habían hecho el Gobernador anterior y su grupito depredador de familiares y amigos enquistados en su equipo de gobierno.

—Venerable Maestro, —dicho por mí con toda sorna, frente al entusiasmo juvenil que el pensador mostraba, ante la certeza de que estaba a punto de ser el dueño inminente del nuevo aparato— si piensa adquirir esta pieza, ¿qué esperamos para llevarla de una vez? Todo es cosa de llegarnos a la caja, pagar por el producto y subirla al vehículo para llevarla a su departamento y colocarla en el lugar que considere más conveniente. Yo le ayudaré a cargarla en la medida de mis posibilidades, porque sabe que no debo hacer grandes esfuerzos dadas las condiciones de mi corazón.

—¿Llevarla a la caja? ¿Pagar por el producto? ¡Ni en la imaginación, querido discípulo! Y menos pedirte prestado a ti porque buen papel haría como maestro tratando de darte un sablazo con un dinero que tal vez me tardaría mucho tiempo en poder pagar.

—¿Entonces no la piensa llevar? —le pregunté un tanto amoscado, tomando en consideración el largo tiempo que nosotros y el vendedor de la tienda habíamos perdido -según yo- contemplando, admirando, sopesando y enterándonos de las condiciones de la famosa pantalla.

—Claro que la pienso llevar. No es otra mi intención. Si tenemos la paciencia suficiente, pronto la verás adornando la pared más grande de mi sala —me contestó lleno de seguridad en la voz.

—Pero ¿cómo le piensa hacer? Ya me dijo que no tiene dinero ni aceptará un préstamo mío.

—Pues te digo que es cosa de saber esperar. Recuerda que yo, como el Siddartha de Herman Hesse son tres cosas las que sé hacer fundamentalmente: pensar, esperar y ayunar. Así que vamos acomodándonos bien, porque de un momento a otro el día de hoy -o tal vez mañana o pasado- llegará una turba de ciudadanos indignados por el alza a los precios de las gasolinas y vandalizará esta tienda. Va a ser un grupo de varios cientos de ciudadanos exasperados, que por su número y su actitud decidida harán imposible la función de resguardo que tienen encomendada los dos guardias de seguridad que están a la entrada... y cargarán con todo lo que puedan

El Gurú volteó hacia la entrada del súper, con la ilusión de que ya vinieran llegando los indignados a hacer su función justiciera y me dijo;

—Así que vámonos poniendo lo más cómodos posible, pero sin alejarnos mucho de la pantalla. Y apenas llegue la turba, nos abalanzamos sobre esa belleza de aparato y lo llevamos con toda prisa al coche.

—¿Y la ética, maestro? ¿Y la moral que preconiza?

—Esto no es asunto de ética ni de moral, mi pequeño Salta. Pero para acallar tu conciencia le podemos llamar una "recuperación proletaria" o un asunto de "justicia

igualadora", ambos desde el punto de vista de la plusvalía. Ahí te dejo de tarea leer a Marx sobre este último término.

...y nos dispusimos a esperar pacientemente. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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